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  Proceso y obstáculos  
     
 

El duelo no es una enfermedad...lo que duele es el alma y no hay nada que pueda evitarlo: tarde o temprano hay que pasar por ese dolor. La experiencia indica que el dolor adormecido se potencia y, cuando aparece, llega a destiempo y en forma inadecuada. Cuanto antes se lo encare, y más profundamente se lo viva, más oportunidades habrá de elaborarlo y que el recuerdo del hijo muerto se manifieste como una dulce emoción. Como bien se dice: "Es necesario sufrir para dejar de sufrir".

Hay una primera etapa en la que el dolor se siente como una opresión permanente, constante y desgarradora. Sirve permitirse sentir el dolor y la ausencia con toda la intensidad que se necesite. En una segunda etapa se producen apariciones cíclicas de estos síntomas y, finalmente, aparece una etapa de estabilización.

Llorar no sólo es aceptable sino una saludable expresión del dolor y distiende las tensiones. Pero tampoco hay que inquietarse ni preocuparse si no se puede llorar o no se siente la necesidad de hacerlo. El llanto es una forma de expresión pero no es la única; no mide el amor hacia el hijo ni es parámetro del dolor que provoca la ausencia.

Puede suceder que, por el shock, haya momentos de bloqueo emocional y se de una sensación de anestesia, de ausencia o como participando de un mundo irreal o de acontecimientos externos a uno. No hay que asustarse, es natural y dicho proceso puede durar algún tiempo.

El dolor, con sus altibajos, dura mucho más de lo que la sociedad en general reconoce. Es necesario ser paciente con uno mismo y no exigirse dar más de lo que se puede dar. No hay ninguna obligación de ser "fuerte". Lograr estar mejor no sucede mágicamente; es el resultado de un duro trabajo personal que requiere decisión, voluntad y energía; implica dejar de preguntarse "por qué" para, con el tiempo, llegar a plantearse el "para qué".

Buscar sustitutos en el alcohol, las drogas o medicinas no indicadas por un profesional para "tapar" u ocultar el dolor, pueden llevarnos a una dependencia química y pueden detener o retrasar el necesario proceso del duelo.

En Renacer hablamos de aceptación y no de resignación ya que esta última implica una postura pasiva ante lo que nos sucedió y es contrario a nuestra actitud ante la pérdida. La salud mental es el reconocimiento del dolor y el intento de vivir dignamente con él teniendo siempre presente que la recuperación no es un acto de deslealtad.

Las vivencias del tiempo transcurrido son variables: un día puede parecernos un año y un mes se nos pasó sin darnos cuenta. Debemos tener presente que el tiempo es neutral, por lo tanto, lo que ayuda es lo que cada uno hace con el tiempo.

El desafío es ponerse en movimiento para intentar establecer un delicado equilibrio entre un ayer que debe ser recordado con amor y un mañana que debe ser creado.

 
     
 

Esos momentos especiales

Los aniversarios del nacimiento y muerte de un hijo, así como las festividades religiosas, vacaciones, fiestas o momentos especiales que vivíamos con él, son los momentos de mayor stress, angustia y desorientación.

Es importante que en esos días nos podamos dar el permiso de respetar lo que uno siente, sin estar pendientes si los demás se molestan por no aceptar lo que ellos suponen que deberíamos hacer. El disgusto posterior que podamos sentir será más doloroso aún que decirles a quienes nos quieren que no deseamos hacer lo que ellos desean.

Facilita conversar, en los días previos, con el cónyuge y los otros hijos sobre el tema y aceptar sus sugerencias, permitiendo que ellos también participen y propongan  modos de pasar el momento o el día.

Sirve vivir estas experiencias con el grupo familiar y reservar algún momento del día para nuestra intimidad y para hacer lo que en el fondo de nuestro corazón  sentimos que deseamos hacer en soledad.

Ayuda intentar sentir que nuestro hijo está en nuestro corazón y que nos acompaña en todos los momentos. Sentirlo presente, compartir con él nuestros sentimientos, en la intimidad más profunda. Evitar racionalizarlo y simplemente amarlo incondicionalmente puede aliviar el dolor.

 
     
 

Sentimientos dolorosos mezclados o contradictorios.

Durante el duelo puede haber sentimientos que no están ni bien ni mal: es lo que uno puede sentir en un determinado momento. Con el tiempo, y a medida que el dolor disminuye, irán desapareciendo. Parte de la tarea es aprender a perdonarnos y a perdonar.

Podemos tener sentimientos contradictorios ante:

  • la alegría ajena;
  • todas aquellas malas personas que siguen vivas;
  • las personas muy ancianas;
  • los que no han perdido hijos;
  • todo aquel relacionado con las circunstancias de la muerte;
  • ante la muerte misma;
  • para con el hijo muerto;
  • con uno mismo... ¿por qué no me preocupé más?
 
     
 

La fe en el duelo

La muerte de un hijo es la prueba más profunda que deben atravesar las personas de fe. Del mismo modo, es inevitable que se produzca un replanteo general de la vida, de los valores, del orden de prioridades, un proceso de alejamiento o de cuestionamientos de los principios de fe.

Las diferentes reacciones nos muestran que, para muchos, la fe:

  • es una ayuda para aceptar lo inaceptable;
  • es algo lejano y cuestionable;
  • es muy variable, lo cual causa preocupación;
  • si no se tiene, el sufrimiento puede ser mayor;
  • desaparece, o decae, y cuesta recuperarla;
  • se descubre, como una nueva experiencia de vida;
  • se fortalece o es más fuerte de lo que se creía.
 
     
 

¿Son normales mis reacciones?

Hay una cantidad de reacciones posibles que forman parte del proceso del duelo en el que la vida se ve afectada en sus diferentes aspectos: físico, emocional, mental, social y espiritual. 

Físico: opresión en la garganta o el pecho; sofocación; dolores de cabeza;  pérdida o aumento del apetito; pérdida de fuerza física; nerviosismo acentuado; falta de deseo sexual; abuso en el uso de alcohol, tabaco o tranquilizantes; náuseas; vértigo; palpitaciones; dolores de espalda; musculatura tensa y rígida; dormir mucho; insomnio; hipersensibilidad a los ruidos. 

EmocionalShock: es el estado que permite amortiguar el profundo dolor de la pérdida; se manifiesta en alguna de las siguientes formas: aturdimiento; pánico; insensibilidad; incredulidad; rechazo.

Otras emociones posibles son: culpa; miedo; tristeza; depresión; alivio; resentimiento; frustración. 

Mental: Falta de concentración; pérdida de proyectos; búsqueda del ser querido fallecido; alucinaciones; imágenes perturbadoras de los últimos momentos; pesadillas; hiperactividad o apatía.

Social: resentimiento hacia los demás; aislamiento social; reconstrucción de una nueva identidad.

Espiritual: Conciencia de la propia vulnerabilidad y de la propia mortalidad; revisión del sistema de creencias; búsqueda de sentido.

 
     
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